28/11/2011

Palabras de aceptación de Victoria De Stefano al recibir el Premio de la Crítica a la Novela de 2010

El pasado sábado, Victoria De Stefano recibió el Premio de la Crítica a la mejor novela del año 2010. Éstas fueron sus palabras de aceptación y agradecimiento

Me siento muy honrada por la distinción que el jurado, formado por Oscar Rodríguez Ortiz, Carmen Díaz Orozco y Claudia Cavallín le ha otorgado a mi novela Paleografías, extiendo mi agradecimiento a Ficción Breve, como esforzados organizadores del concurso, y a todos los amigos que han tenido la gentileza de acompañarme en el acto de premiación de esta tarde. Quiero también destacar al equipo de Alfaguara que hizo posible la publicación de Paleografías, Mariana Marczuk, Luis Barrera Linares, Daniel Centeno, Lourdes Morales y Adriana Romero, como curadoras y promotoras. No quisiera dejar de mencionar las novelas que me precedieron en la premiación: Bajo tierra de Gustavo Valle y Un vampiro en Maracaibo de Norberto J. Olivar.

Cuando me anunciaron el veredicto me sentí obviamente complacida. Siempre recuerdo lo que decía Salvador Garmendia: “Un poco de dulce no amarga a nadie, a los escritores, añadía, no nos viene nada mal una cucharada de las mieles del reconocimiento”. Pero, por otro lado, me vino rápidamente a la mente que Paleografías es mi novena novela, que llevo un tiempo más bien largo dedicada escribir, que de los autores concursantes era probablemente la más adulta. Eso me hizo sentir un cierto bochorno, pero como eran las novelas editadas en el 2010, independientemente de sus autores, las que concursaban, ese bochorno se fue mitigando poco a poco.

Si un escritor escribe su primera novela, su primer libro de ensayo, su primer poemario, siempre los más difíciles y vacilantes, y después pasa al segundo, al tercero y así sucesiva y tercamente, sin desfallecer, son, al margen del estímulo de sus lectores que al principio no son ni pueden ser muchos, sus dudas, su necesidad de darse una segunda oportunidad, su convicción de que nada está dado de antemano, su conciencia –esa conciencia que solo se adquiere escribiendo– de que el lenguaje es un material resistente a la par que un inagotable caudal de recursos semánticos y sonoros, todas estas cosas las que lo impulsan a seguir explorando las acciones humanas, que tal vez sea lo único sobre lo cual vale la pena escribir, “lo único que justifica la agonía y el sudor”, decía Faulkner. Acciones y sentimientos en relación con los individuos y el mundo del que forman parte, para los cuales no hay respuestas definitivas, los años no pasan en vano, la historia tampoco, entonces, preguntas que derivan en otras preguntas, resonancias cuyo eco aún persiste, cabos sueltos, ficciones que se resuelven en nuevas ficciones, verdades en pos de otras verdades sobre las que avanzamos y a las que nos aproximamos como hacia los claros del bosque.

No importa lo veterano que sea el escritor, cada libro será un nuevo comienzo, un nuevo y esperanzador desafío. Con cada libro intentará alcanzar algo que sabe que estuvo más allá de su alcance. Intentará elevar el riesgo, lograr lo que no logró hacer o que se obliga a hacer mejor: darse por satisfecho es condenarse a la esterilidad o al silencio. En literatura, mejor quiere decir más allá de los propios límites, los del oficio, los del no saber todavía, los del instinto que a veces no viene en nuestra ayuda, los del talento, para el cual no hay garantías ni certezas. En arte, inténtalo de nuevo, fracasa de nuevo, fracasa mejor, escribió Beckett. Entonces, algunas veces –asistidos por la emoción creativa, que esta sí no nos puede faltar, por los grandes escritores del pasado y del presente, a cada escritor los suyos, que han puesto la literatura en el alto lugar en que se encuentra, con ese peculiar estado de ánimo que llamamos inspiración y alguna cuota de suerte– tal vez podamos conseguirlo: “estropear el fallo es volver sobre otro libro, un posible otro de ese mismo libro”, declaró Marguerite Duras en su último y estremecedor ensayo Escribir.

Los premios son bien recibidos, los premios enaltecen pero también comprometen. Ahora el compromiso me obliga a ponerle todo mi aliento y empeño a la próxima novela. Acudo pues, al juramento hipocrático: Si lo quebranto y soy perjuro, caiga sobre mí la suerte contraria.

Caracas, Librería Kalathos, 26 de noviembre de 2011

Palabras de aceptación de Victoria De Stefano al recibir el Premio de la Crítica a la Novela de 2010

Fotografía de Samuel González-Seijas

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