01/11/2011

José Urriola y las vacunas contra la estulticia humana

José Urriola nació en Caracas, en 1971. Es escritor, investigador literario y productor audiovisual. Las exquisitas crónicas que publica en su blog Rostros de viento son de las más leídas y comentadas en la red.

¿Por qué se escribe tan poca ciencia ficción en español? ¿Acaso la literatura sobre guerras civiles, dictadores, guerrilleros, narcotraficantes y maripositas amarillas, inhibe el florecimiento de otros temas y de otras ambiciones? ¿En esa inhibición no hay un complejo o un creer que «en español no se puede escribir nada más que sobre esos asuntos»?

Pienso que los hispanoparlantes en gran medida somos herederos de un legado —confío que cada vez más débil y menos vigente— que sugiere que la gente seria y la literatura seria no debería ocuparse de los temas de la ciencia ficción. Hay como una vergüenza (tan hermanada siempre con el complejo) que parece sugerirnos que la ciencia ficción es un nicho para niños, jóvenes y para adultos freaks negados a crecer. Lo mismo aplicaría a quienes hacen y gustan de los cómics. Creo que esa es también la razón que ha impulsado en nuestros países por tantísimo tiempo la idea de que el verdadero cine es aquel que está comprometido con la realidad social y con los cuadros costumbristas, y, a la luz de este panorama, quienes se empeñen en otras búsquedas estarían «traicionando» su esencia y su verdadera responsabilidad como artistas. Los autores de ciencia ficción, de cómics y aquellos artistas que se nutren de un imaginario fantástico estarían pues condenados a ser considerados menores, poco serios, material de relleno para los anaqueles relegados al último rincón, el de las cosas raras para gente rara. Sin embargo, los abanderados de esta tendencia realista dominante parecen olvidar que la verdadera misión de un artista debería ser la de ofrecer una mirada particular sobre el mundo, una perspectiva extrañada donde la realidad debería ser siempre pasada por el filtro de la ficción. La verdadera ciencia ficción, o al menos a la que yo soy devoto, consiste en eso: una mirada curiosa, ingeniosa, extraña, que logra extrapolar las angustias del presente y las coloca por medio de la ficción en un futuro posible dentro de los límites que determina el propio juego que plantea la obra.

Escribir exclusivamente sobre nuestras guerras civiles, nuestros dictadores, nuestros próceres y nuestra cotidianidad nos obliga a permanecer atrapados permanentemente en el pasado y en el presente, al tiempo que nos difumina y nos aleja el futuro.

A una sociedad sin ciencia ficción el futuro le queda lejos y cuando por fin le llega —que le llega siempre tarde y magullado— no está curada ni vacunada para recibirlo.

¿Qué tan cercano es este mundo en que vivimos (lleno de bótox, tuiteros y exhibicionistas de facebook) al mundo que imaginaron H.G. Wells, Ray Bradbury, J.G. Ballard, Philip K. Dick, Douglas Adams, Stanislaw Lem y tantos otros maestros de la ciencia ficción?

El futuro que nos llegó se parece al que habían prefigurado los grandes maestros de la ciencia ficción pero al mismo tiempo es distintísimo. Es como si nos hubiera llegado el hermanito del que estábamos esperando y el tipo se parece, tiene un aire de familia, pero es bastante más patético, mucho más frívolo y con inteligencia limítrofe.

Pienso que la ciencia ficción de maestros del siglo XX como Bradbury, Aldiss, Philip K. Dick, Lem, Ballard, Huxley, Orwell o William Gibson (y por favor no olvidemos las gemas extrañas que nos dejó en nuestro propio idioma Bioy Casares) estaba profundamente signada por una angustia existencial: «por el camino que vamos me parece que vamos a acabar más o menos así». Estoy convencido de que fue gracias a ellos que se logró, en cierta medida, dar un golpe de timón al porvenir. Sus obras sirvieron como bálsamos y como vacunas para que esas distopías que nos amenazaban no llegaran a consumarse exactamente así como las vislumbraron.

Sin embargo, el destino nos ha ido alcanzando y algunos de sus temores se han confirmado: nos adentramos en el siglo XXI y continúan las guerras, el mundo sigue siendo azotado por las hambrunas, la insalubridad, las epidemias y las pandemias, existen aún los regímenes totalitarios (independientemente de sus matices hacia el rojo o hacia el negro), el Gran Hermano sí que nos vigila pero ahora por medio del Facebook, del Twitter y a través de los millones de ojos guardianes que tienen los organismos de «seguridad» y las grandes corporaciones que manejan la información de los ciudadanos del mundo.

¿Se pareció el mundo al de Orwell en 1984 o al de Huxley en Un mundo feliz? Sí, un poco, como se parece al poder paranoico del que tanto nos habló Philip K. Dick. Pero también se parece un montón al mundo de Idiocracy, esa película protagonizada por Luke Wilson donde el personaje despierta en un futuro donde el presidente de los Estados Unidos es un luchador de lucha libre, donde toda conversación se arma a punta de sinsentidos, groserías y frases hechas, y donde la gente se está muriendo de hambre porque los sembradíos son regados con Gatorade «porque es mejor que el agua al tener electrolitos». El imperio de la idiotez llevado a su extremo más patético y lamentable.

Se parece también este mundo que nos tocó a esa ciencia ficción tragicómica y desencantada de Douglas Adams, donde a humanos y a extraterrestres les da todo exactamente igual y el único que parece sentir angustia, depresión, amor, desamor e instintos suicidas es el robot. La máquina es la única capaz de sentir y transmitir los sentimientos humanos en un universo deshumanizado. Un poco lo que hacen Facebook y Twitter con las personas, lo mismo pero distinto.

Me temo que hubo una variable que los grandes maestros de la ciencia ficción no tomaron muy en cuenta al concebir sus obras: la profunda e inconmensurable estupidez humana. Este mundo, si sigue como vamos, será aniquilado por su propia estupidez. Y a nosotros nos tocará escribir sobre ella a ver si así logramos inmunizarlo antes de que sea demasiado tarde.

Desde el punto de vista de las artes, uno sabe que vive un momento interesante cuando encuentra correspondencias entre las artes visuales, la música y la literatura. ¿Desde cuándo no te topas con un momento así? En Venezuela, ¿viviste alguna vez uno de esos instantes fugaces y «perfectos» o te cansaste de esperarlos?

Creo que una de las características que más definen a este mundo en el que vivimos es la confrontación de dos tendencias simultáneas que tiran con idéntica fuerza: por un lado esa sensación de vivir en la dichosa aldea global donde estamos todos conectados y enterados de todo como ciudadanos universales, pero por otro lado estamos cada vez más sometidos a la disgregación, la atomización, la tendencia a mirarnos el ombligo para que el mundo nos quede cada vez más lejos. En muchos casos vivimos en sociedades que, fieles a ese destino tarado que heredamos y nos empeñamos en cultivar, no ofrecieron posibilidades reales para apoyar a los autores de ciencia ficción, de cómics, de un cine distinto y digno ni a los artistas que estaban tras las búsquedas de un arte distinto al cobijado por las tendencias dominantes o por aquello que nuestros estados o entes de poder consideran «arte» (vaya usted a saber lo que sea eso que tienen en la cabeza los dueños del canon).

Difícilmente viviremos en nuestros países un proceso similar a lo que ocurrió y sigue ocurriendo en Berlín, en la Italia que acunó al neorrealismo italiano, a la Francia de la Nouvelle Vague o a eso que parece estar ocurriendo con las bandas y los cineastas canadienses ahora mismo. Esa confluencia de genialidades de diversa índole que son apoyadas por organismos públicos y privados para hacerlas más grandes, más fuertes, prolíferas y diversas. Sin embargo, hay un fenómeno que me reconforta y me llena de ilusión, la gente ha dejado de esperar que el Gran Hermano se apiade de ellos para tocarlos con su dedo todopoderoso y han salido al ruedo por medio de la autogestión. El que no tiene dinero para hacer la revista que siempre soñó ahora la hace en Internet. La gente se está agrupando por propia cuenta para hacer películas, festivales, colectivos creativos, propuestas artísticas que aprovechan los nuevos formatos y las nuevas posibilidades de distribución para concebir y difundir sus obras. Y eso es lo que veo ahora mismo en Venezuela, ese florecimiento producto del me cansé de esperar y tengo mucho qué ofrecer así que lo haré a mi modo y por mi cuenta y riesgo. Es un poco guerrillero, un poco la rebelión silenciosa pero pujante de los orilleros, un poco como los héroes (tan antihéroes) del cyberpunk. Y eso me parece, me perdonan el romanticismo, una verdadera belleza.

¿Qué les dirías a aquellos que ahora es que están reconociendo al cómic como una forma de arte mayor con el que se pueden contar las historias más poderosas y exponer las ideas más complejas?

Pues a quienes están descubriendo ahora mismo al prodigio que es el cómic les diría que están llegando tarde a la fiesta y sin embargo son bienvenidos. Qué bueno que llegaron, finalmente, aquí cabemos todos y de todo.

El cómic es un discurso maravilloso, absoluto, en mi opinión personal el más completo y complejo de todos los medios expresivos. Suele decirse que el cine es el arte que logra hacer confluir a todas las demás formas artísticas, pero creo que el cómic hace lo mismo con idéntica dignidad y con aún mayor creatividad. Precisamente porque el cómic lo logra a pesar de sus carencias. El cómic se mueve a pesar de que su soporte es estático, de la misma manera en que suena, habla, piensa, juega con los ritmos y los tiempos. Todo está simulado y sugerido y lo único que le pide al lector es «ponte a funcionar para que yo funcione». No creo que haya un medio expresivo que ponga a funcionar las competencias lectoras de su receptor como lo hace el cómic. El cómic es heredero de la literatura, del teatro, de la poesía, de la escultura, de la fotografía, la pintura, del diseño, del cine, de la arquitectura, de la música pero al mismo tiempo es el gran maestro de todas las artes de las que se nutre. Es el hijo extraño que le enseña a sus padres a crecer y a moverse hacia adelante para evitar el anquilosamiento y la comodidad infeliz. Y quien no se ha dado cuenta de eso es porque realmente no se ha asomado al universo del cómic, porque siempre habrá un cómic para cada quien, uno que de verdad te llega a la médula y te proporciona alimento para el pensamiento y para el espíritu.

Mucho nos quejamos hoy día de que la gente no lee, especialmente los niños, denle cómics y verán que la magia ocurre.

Roberto Echeto ®

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Tres Tristes Tigres