26/10/2011

Traiciones de la memoria ya está en las librerías del país

Héctor Abad Faciolince vino para recordar sus olvidos

El colombiano invitado para la Filuc pone a prueba su cerebro al editar sus memorias ficticias

MICHELLE ROCHE RODRÍGUEZ

Los escritores tienen fama de distraídos, pero Héctor Abad Faciolince lleva al paroxismo el estereotipo. El sábado, en Valencia, perdió la bolsa con los títulos que había comprado en la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo. Esa misma noche, además, botó la libreta en la que tenía sus apuntes literarios de los últimos meses, entre los que incluía sus impresiones de Guadalajara, donde estuvo hace dos semanas invitado por la Feria Internacional del Libro de esa ciudad para fungir de jurado del Premio de Ensayo Isabel Polanco.

Quizá sea por esa distracción irredenta que se obsesiona con el olvido y dedicó a este tema su libro más reciente. "Cuando uno sufre de esa forma tan peculiar de la brutalidad que es la mala memoria, el pasado tiene una consistencia casi tan irreal como el futuro", se lamenta el autor nacido en Medellín en 1958 en el prólogo de Traiciones de la memoria (Alfaguara, 2011).

El libro presentado en la Filuc reúne tres textos en los que sus memorias ficticias se tejen con el pasado real, a través de una investigación sobre el origen de un poema hallado en el bolsillo de su padre cuando lo mataron los narcotraficantes, la evocación de sus años de refugiado de la violencia colombiana en Turín y sus dudas sobre qué hubiera sido de no dedicarse a escribir.

—¿Cómo articula la relación incómoda con su memoria en los géneros que practica profesionalmente: la narrativa y el periodismo?

—Para un desmemoriado, la ventaja del periodismo es que, como se refiere a lo inmediato, no tiene tiempo de olvidarlo. Hay cierta comodidad en hablar siempre del presente porque no se tiene que reconstruir con el recuerdo. Uno actúa simplemente como un testigo presencial que narra los hechos casi en el mismo momento en que se producen. Un periodista es como un gran ojo, una gran antena que capta la realidad. El narrador, en cambio, usa los recuerdos; pero como lo ya vivido en una cabeza muy desmemoriada se transforma tanto, tengo la sensación de que la invención, o la fantasía, no son más que un recuerdo deformado por la memoria.

—¿Prefiere, entonces, el periodismo?

—Un escritor tiene que buscarse la manera de ganarse la vida, porque si tiene la esperanza de vivir de eso está equivocado. El periodismo me ha servido para vivir, pero no sólo por eso es una bendición. Me recuerda permanentemente la humildad del oficio de escribir y que yo debo hacer con las palabras algo útil: dar cuenta de cosas o comentar lo que ocurre.

Además de ser veraz, un periodista tiene un deber absoluto con sus lectores: debe ser claro y tener presente un tipo de lector normal.

—Se ha puesto de moda hablar de la "narcoliteratura".

¿Cree, como Jorge Volpi, que ésta es la novela negra de los latinoamericanos?

—En la literatura no importan mucho los temas, sino qué palabras uses para contar. Hay novelas en este género que son buenas, como las de Yuri Herrera y Juan Gabriel Vásquez.

El peligro es que el tema excesivamente llamativo haga bajar la guardia al lector y se descuide la calidad literaria, pero si ésta se mantiene, no importa cómo se le llame.

—¿Cree que en el enunciado de Volpi hay un dejo de resentimiento tercermundista frente a un género eminentemente anglosajón?

—El problema de la novela negra en Latinoamérica es que nosotros carecemos en la realidad de la figura de un detective verosímil, con el suficiente prestigio para construir una novela policial del estilo anglosajón. Nuestros policías trabajan con las uñas, con salarios muy malos, con personas no siempre capacitadas. No es una cuestión de complejos, sino de que la realidad no nos da para escribir así.

Fuente: El Nacional, Caracas, 26 de octubre de 2011, Cuerpo D, Pág. 3

Héctor Abad Faciolince vino para recordar sus olvidos

Foto: Omar Véliz, El Nacional

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