19/07/2012

Los cuentos del Otro

“Asumir el ángulo de la oralidad garantiza la fluidez del texto”

“Las historias son legadas y lo que hace el autor es empujarlas, pasárselas al otro”

José Enrique García

Con el título “Los cuentos del Otro”, Alfaguara publica, en 2011, un conjunto de narraciones de Giovanny Cruz Durán. El título nos remite de inmediato de la literatura fantástica, lo que se reafirma en el primer texto, que opera como prólogo, rasgo que retoma en la nota epilogar, y nada más. Pues ocurre que este Otro opera como apertura o anuncio de uno de los  atributos más acentuado del libro: la oralidad. Condición, a nuestro entender, y que la tradición confirma, en indispensable tanto del contar como del narrar. “Coleguita, siéntese en su mecedora, tome sus dos sorbos de vino, guarde silencio, no interrumpa y escuche hasta el final una buena historia o leyenda, según se prefiera”.

Ese Otro es el otro, no el Tzvetan Todorov, sino el del origen; el de la tradición que arranca con el contar de los caminantes que se pasan historias para aligerar pasos y disimular distancias (Cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer, escrita en el sigloXIV) y para constatar la actitud narrativa que se desparrama de forma similar en distintas latitudes del mundo (La morfología del cuento de Vladimir Propp, 1928). Y ese otro, también se justifica al procurar la fundación, en este caso, mediante un tejido expresivo, de ese otro, que es una comarca, un espacio, una ciudad: Nagua. Ciudad levantada sobre uno de los elementos naturales que posee mayor energía primigenia: el agua.

“Cuando uno es jovencito en Nagua es común que fabriquemos cayucos con troncos de matas de plátanos, amarrados con tiras sacadas de los mismos troncos, para pasar por ellas por los muchos riachuelos y cañadas que cruzan la ciudad. En embarcaciones de este tipo navegué y pesqué cientos veces en los diez años que viví en el lugar. Algunas veces, tentando el peligro, desde las aguas de los ríos nos introducíamos en el mar”.

Y este rasgo distintivo, la oralidad, tiene su primer asiento en el punto de vista narrativo: la primera persona. El yo, en cierta manera, confesional, el narrador lo presencia en cada una de las piezas. De modo que estamos frente a un acto de conciencia narrativa por parte de Cruz: “Confieso que en mi caso existía un poco intencionalidad; tratando de escuchar a los mayores, porque sus cuentos me parecían fascinantes, había aprendido a volverme invisible. Precisamente una noche de verano, temprano aún, escuché a mi padre y a un trío de sus amigos, Armando Lazala, un tal Cotico y un simpático presumido que se hacía llamar El Búcaro, hablar sobre un suceso apasionante y muy escabroso”.

Y sobre esa oralidad explicitada se tejen los cuentos. Es notorio, además, que las historias son legadas, pasada de una voz a otra, y lo que hace el autor, partiendo de su misma memoria, es empujarlas, pasárselas al otro  –de ahí que lector se adentra rápidamente en ellas y las vuelve suyas. Y aquí encontramos una razón de mucho vigor en el libro: retoma una enseñanza de la tradición universal: todo relato, no importa la condición o el carácter del asunto que sirve de soporte, al asumir el ángulo de la oralidad garantiza la fluidez, en primera instancia, del texto y la construcción integra del mismo. Y es lo que se verifica en cuentos en los que la mitología de un pueblo, la muy lejana y la que se va construyendo con el hacer en ese específico ámbito, de hombres, mujeres, niños, ancianos, y de los mismos elementos naturales: agua, tierra, árboles, animales…   

Pero algo más, esta oralidad en estos textos, no opera sólo como procedimiento narrativo, sino que se hace substancia del narrar mismo: “Varios años más tarde, cuando esos formidables archivos que llamamos neuronas reagruparon todas las informaciones para precisar el recuerdo, sí capté la esencia de la historia, aunque me pregunté esa vez si efectivamente era creíble y confiable el relato del viejo España o si se trataba simplemente de un tema que introdujo en mi cerebro como regalo literario, pues meses antes de contármela me preguntó que iba a ser yo cuando creciera”.

Y esa substancia se muestra en forma de cuentos, leyendas, tradiciones, narraciones, por las que andan el mundo concreto de una ciudad y el imaginario de un niño, ya adolescente, luego adulto, reunidos en un momento de la vida para contarse sus propias historias, las de uno, las del otro y las de los otros, en ese Otro que es Giovanny en memoria y ficción.

El libro recoge pormenores epocales que contextualizan las historias e imprimen ese soporte de lo acontecido en esa etapa de la vida juvenil, hay un ámbito unificador y un tiempo. Hechos y matices que quedan impresos en nosotros y, con el transcurrir, en lugar de borrarse adquieren relieves, fuerzas en la memoria, y nostalgia en el cuerpo entero. Historias, para no demorar el juicio, agradables a la lectura, donde el humor también encuentra asiento, con valores expresivos tocables.

Y no se trata de un Macondo –como suele acudirse cuando se está ante una obra  narrativa cuyo espacio se circunscribe a un ámbito de esta naturaleza– sino de una recuperación de un espacio dominicano articulado a sus más ancestrales raíces, y se trata, igualmente, de la recreación ficcional de una ciudad singular: Nagua, ciudad que su misma morfología arahuaca la conduce a uno de sus elementos constitutivo: el agua. La Nagua de leyendas y tradiciones, la Nagua de las décadas de los cincuenta vista en retrospectiva por los ojos de un niño que se multiplica en sí mismo y, más que nada, la Nagua que funda el pulso narrativo de Giovanny Cruz.

 

José E. García

José E. García

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